«Algo más que valor» ; Microcuento ganador del primer concurso de Disidencias.

 Como un día cualquiera, me levanté temprano por la mañana. En mi teléfono, un mensaje de mis padres me avisaba que habían salido a comprar. Aproveché el momento y fui directo a uno de los cajones de ropa de mi padre donde encontraba “eso”. Me dirigí al baño rápidamente, aunque con cautela, para que mis hermanos no sospechasen algo, cerré la puerta con llave y me quité todas las prendas superiores que traía encima. En un descuido, mi reflejo chocó en el espejo. Ese busto y esas curvas fueron algo que no pude evitar mirar. La inquietud que me causó la escena me hizo consciente del completo desagrado que sentía por el aspecto de mi cuerpo, – ¿Podría acaso decir lo que siento? -. Recordé entonces, la cara de mis padres, y fue simple: -no, no puedo -, pensé. 

Tomé las vendas que por fortuna estaban en el cajón, seguido me vendé. Poco a poco cubrí ese peso que día a día veía como una molestia. Luego, ágilmente, tapé todo con una polera ancha que tenía y con toda seguridad me miré nuevamente en el espejo. – ¡Perfecto! – La tranquilidad y alegría me desbordaron. Y claro, aunque dolía un poco, la sensación de absoluta aceptación derivó en que nada más me importara. 

De pronto, escuché a lo lejos la voz de mi padre; habían llegado. Entusiasmado bajé a saludarlos como si nada pasara, mi padre notó mi alegría – ¿Por qué tan contenta, hija? -, y mientras mi mente poco reaccionaba, le respondí -No sé papá, los quiero mucho-, acompañado de un fuerte abrazo. Y fue simple: para esto se requiere algo más que valor. 

 

Ángel Riquelme

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